Historia real: cuánto dura la conquista de una mujer

Esta es una historia real.

Sirva ésta, como otras que aparecerán en esta sección, para analizar los comportamientos de ambos sexos en una relación.

“Cuando conocí a Sergio era el perfecto Caballero a la antigua. Me abría la puerta del coche; me dejaba pasar delante; me acercaba la silla a la mesa; se levantaba cuando llegaba al restaurante o cuando me levantaba de la silla y otro montón de etcéteras del mismo estilo. Vamos que casi ni me lo creía, ya que, además, no cesaba nunca de decirme lo guapa y maravillosa e inteligente que era. En fin, el Príncipe Azul.

Algunas semanas más tarde y habiendo ya intimado un poco, los restaurantes fueron sustituidos por su casa.

La verdad es que salíamos ganando. En su casa, había piscina, jacuzzi, jardín y mucha tranquilidad. Sergio me habría el Jacuzzi y me esperaba a la salida con el albornoz en la mano para ponérmelo nada más salir del agua. Después me esperaba una cerveza helada en la mesa del jardín y algunas cosillas para picar antes de pasar a la mesa.

Al principio, cocinaba él. Ponía la mesa, me servía el vino y la comida y para terminar recogíamos la mesa juntos.

Todo era maravilloso.

Poco después empecé a cocinar yo. No es que Sergio me lo pidiese, es que me di cuenta de que su repertorio culinario era muy limitado y que las combinaciones que se pueden hacer con pollo o pescado al horno, pasta y arroz cocidos (sin nada más). Todo ello acompañado con ensaladas, cuya originalidad consistía en que no llevaban nada, estaba formada solo de hojas de lechuga lavadas. Ni por asomo, se le había ocurrido ponerle un tomate y algunas olivas.

Al principio Sergio encontraba todos mis platos deliciosos.

A mi me gusta cocinar, sobre todo cuando hay comensales que lo aprecian. Y Sergio lo apreciaba.

Puedo pasar meses sin repetir plato y él estaba encantado… hasta que un par de meses después me dijo que estaba un poco cansado de tanta cocina “elaborada” y que prefería las cosas simples. O sea, el pollo y/o el pescado al horno.

Se quejó de que había engordado 5 kilos con mi “maravillosa” cocina y que mejor las cosas simples.

De nada sirvió que le recordara las 14 cajas de las grandes de esos bombones que llevan una avellana dentro, que se había comido casi en solitario durante las navidades.

Los bombones no tenían la culpa, mi cocina sí.

Así que volvimos de nuevo al pollo y al pescado, con una excepción, ahora lo hacía yo, por lo menos, de esta forma, las ensaladas llevaban algo más.

Otra cosa cambió casi al mismo tiempo que la cocina.

De repente, Sergio sacó vino tinto de su bodega. Confesó que a él no le gustaba el blanco seco que me gustaba a mí, sino que, en realidad, prefería el tinto.

Pocos días después, mi Príncipe Azul ya no me servía el vino.

Al tener cada uno su propia botella, aquello carecía de sentido. O eso dijo él cuando me quejé.

Y añadió: ¿vosotras no queréis igualdad?

Me di cuenta de que la última frase la había añadido por la vergüenza de haber sido cogido en falta, pero opté por no decir nada.

Conforme la relación se iba afianzando yo pasaba más tiempo en su casa que en la mía.

El motivo es que no había comparación entre mi apartamento, aunque no estuviera mal, y su casa con piscina, jacuzzi y jardín, pero, sobre todo, porque enseguida me di cuenta de que no le gustaba nada salir de casa. De hecho, jamás pisó la mía.

Poco a poco, los detalles que me habían fascinado fueron desapareciendo.

Ya no me llevaba las bolsas, ni me abría la puerta del coche y mucho menos se levantaba al llegar yo.

Ya no recogíamos la mesa juntos, aunque debo confesar que fue yo quien lo dijo, sin darme cuenta de que, para los hombres al parecer, lo que vale para una vez vale para siempre…

Han pasado algunos años y sigo con Sergio.

No es el Príncipe Azul que me sedujo, pero es buena persona y cuida de mí, a su manera. Bueno, en realidad, cuidamos el uno del otro.

Pero, reflexionando y tragándome las decepciones, me di cuenta de que mi experiencia con los hombres había sido siempre la misma:

Muestran el lado encantador durante la conquista y después todo queda en el olvido. Algunos pueden llegar hasta el maltrato.

Con Sergio me tomé el tiempo de conocer los defectos y las virtudes antes de precipitarme a decidir si valía la pena o no.

Y, sobre todo, dejé que los sentimientos superaran a las decepciones.

A veces recuerdo con nostalgia aquellas semanas del comienzo de la relación en las que mi Príncipe me miraba embelesado con chispas en la mirada, mientras me decía lo maravillosa que era y me colmaba de mimos.

Entonces, no puedo por menos que recordar la canción de Cecilia “Un ramito de violetas”.

Quizás todas necesitaríamos tener un admirador secreto (marido o no) que nos regalara violetas el 9 de noviembre para seguir teniendo esa ilusión de que el cuento de Hadas que nos contaban cuando éramos pequeñas existe en algún lugar.

En esas me pregunto si es verdad lo que dice el título de un libro que no he leído, pero del que he oído hablar que reza algo así como “a los hombres les gustan las cabronas”, porque por mas que reflexiono sobre qué es lo que debemos hacer las mujeres para que los hombres pasen de la conquista a la rutina no se me ocurre nada de nada.

¿Hay que ser una “cabrona” para que los hombres piensen que no lo tienen todo ganado y sigan peleando por nosotras a diario?

Y, si eso es así ¿es posible mantener durante tanto tiempo esa actitud para uno y otro?

Mi hombre ya no me trae flores, ni me dice lo maravillosa que soy, ni se levanta a mi paso, pero, a cambio tenemos un compañerismo que quizás no hubiéramos alcanzado de otra manera.

¿O sí?

O ¿simplemente me digo esto a mi misma para conformarme con ser la presa conquistada?

¿Qué opináis vosotros/as?

 

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