La mayor equivocación en una relación de pareja.

Cuando hemos tenido varias rupturas de pareja, lo normal es que nos preguntemos que es lo que no funciona en nosotros/as para que nuestras relaciones no salgan adelante.

Una equivocación es normal, dos o tres son posibles y también podría decirse que normal, pero cuando el número de fracasos empieza a ser más elevado, deberíamos preguntarnos que hacemos mal.

He observado que la mayoría de las personas que se han enamorado y desenamorado muchas veces tienen, incluso sin ellos/as saberlo, un punto en común:

No se enamoran de la persona, se enamoran del amor.

¿Sorprendidos/as?

Pues os lo explico y veréis como esto es bastante corriente y… problemático.

La mayoría de nosotros, al llegar a una cierta edad imaginamos lo que es el amor y cómo debería ser esa persona especial que será el gran amor de nuestra vida.

Esa imagen la formamos a base de elementos románticos que se cruzan en nuestra formación. Películas, libros, actores o actrices que nos inspiran, personajes ficticios o reales de nuestra vida cotidiana, todos ellos van conformando un tipo de persona ideal en nuestra mente de manera más o menos consciente o inconsciente.

El problema llega cuando esa personalidad que tenemos en nuestra cabeza se la atribuimos a alguien que ha llamado nuestra atención y que, en realidad, no la tiene.

La cosa funciona de la siguiente manera:

Un día alguien capta nuestra atención.

El detonante puede ser cualquier cosa, pero algo en nuestra cabeza hace un clic y sufrimos una especie de flechazo instantáneo que hace que esa persona nos parezca irresistible.

Da igual que seamos hombre o mujer, somos nosotros quienes empezamos el cortejo. Normalmente si es un hombre es él quien da el primer paso y si es una mujer, se las apaña para que él lo dé o simplemente lo da ella.

Y ¡zas!

En un abrir y cerrar de ojos, tenemos pareja y estamos enamoradísimos/as.

El o ella es la persona con la que siempre habíamos soñado. No le vemos ningún defecto, todo es absolutamente maravilloso y no tenemos ninguna queja de nada.

Solo el hecho de que todo sea tan perfecto ya debería hacernos sospechar.

Pero no lo hacemos porque, en este caso, no es el otro/a quien nos engaña, sino que estamos viviendo nuestra propia fantasía.

Este autoengaño suele durar entre uno y tres años, casi nunca más.

Los primeros seis meses, todo es estupendo. En los siguientes seis ya no es todo tan perfecto, pero, seguimos autoengañándonos, pensando que hasta sus defectos nos gustan porque nadie es perfecto.

Después del primer año las cosas empiezan a desmoronarse.

Hay cosas que empiezan a sacarnos de quicio, empiezan las discusiones y un día descubrimos horrorizados/as que, la otra persona, no es para nada como pensábamos que era.

Cierto que hay un porcentaje de verdad.

La otra persona que también es humana, para conquistarte, es probable que haya acentuado o fingido que le gustaban algunas de las cosas que te gustaban a ti. Pero no te engañes, la venda en los ojos te la has puesto tú.

Eres de ese tipo de personas que se enamoran del amor.

Es decir, te enamoras de que te quieran, de que te traten como tú crees que deben de tratarte. Te enamoras de una serie de virtudes y, sobre todo, te enamoras del sentimiento de estar enamorado/a.

Después le pones la cara de esa persona que ha despertado interés en ti y el autoengaño está servido.

Pero claro, nadie, absolutamente nadie, se puede autoengañar toda la vida. Esas sensaciones placenteras de los primeros momentos del enamoramiento, lo que yo llamo “la espuma del champagne” se pasa.

Afortunadamente, ya que ese exceso de estímulos sensoriales no podríamos soportarlos demasiado tiempo.

Y cuando se pasa se impone la realidad y, poco a poco, empezamos a ver al otro u otra como realmente es.

Para seguir en nuestro autoengaño, porque nos resistimos a perder las sensaciones del enamoramiento, intentamos justificar aquello que no nos gusta. Pero más tarde o más temprano la venda se cae del todo y nos encontramos con que estamos con un extraño o extraña, que, además no nos gusta para nada.

Las personas más tenaces, inician entonces una operación de transformación del otro u otra, para que se convierta en lo que necesitamos al más puro estilo Pigmalión, lo que, generalmente, no da resultado.

De una forma o de otra la relación se rompe.

La persona a la que hemos engañado sin querer no entiende nada de nada. Y, lo que es peor, nosotros nos quedamos con la sensación de que quien nos ha engañado es el otro/a. Y, por desgracia, muchas veces terminamos odiando a la otra persona por no ser como nosotros/as queríamos que fuera

Pues bien, así es como funciona. Y, si no nos damos cuenta y no le ponemos remedio, podemos estar pasando por una relación tras otra, sin llegar a saber que la “culpa” no es siempre del otro/a.

Si os sentís identificados/as ¿por qué no nos explicáis vuestra historia?

 

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